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Greenie de menta, el bizcocho creado por error

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ImageEn 1853, para gastarle una broma a un patrón que siempre se quejaba de que sus patatas eran demasiado gruesas, George Crum, un chef de Nueva York, le sirvió unas patatas fritas extremadamente finas e inventó, por casualidad, las chips. Otros ejemplos de casualidades históricas de la alimentación son aquel chocolate que cayó por error al fondo del cucurucho y que hoy está presente en todos los ‘cornetes’; o, el que sin duda más impacto ha tenido en mi vida, es el mito de aquella ama de casa que no le echó levadura al bizcocho y que, sin quererlo, inventó el más famoso de los pasteles que se cortan a cuadros: el brownie.

Variaciones del brownie se cuentan por cientos, pero una muy original y de sabor diferente, inesperado e intenso es el greenie.

El greenie se hace usando té verde en lugar de chocolate, de ahí su nombre. Se hace mezclando los ingredientes de un bizcocho normal, y al final se le echan dos cucharadas de té verde, que le confiere su sabor pero también su color.

En mi caso le eché 3 bolsas de té verde con menta, que era el único que tenía en el cajón. La menta me hizo dudar, pero conociendo la historia de casualidades que rodean a este tipo de postres, tiré adelante. Y el resultado fue el doble de interesante: la menta le transfiere un sabor dulce y potente, y aunque el greenie hereda la textura quebrada y “húmeda” de los brownies, el bizcocho, té y menta se combinan para producir un sabor final que no existe en ningún otro postre que haya probado antes.

Mi grano de arena a los postres creados por casualidad.

Ingredientes

  • 2 huevos
  • 160 g de mantequilla
  • 1/3 vaso aceite de oliva virgen extra
  • 330 g de azúcar
  • 300 g de harina con levadura incorporada (sí, levadura)
  • 3 bolsas de té verde con menta
  • un poco de sal
  • opcionalmente, frutos secos (nueces o piñones)

Preparación: batir todos los ingredientes en un bol, rellenar un molde de masa previamente untado de mantequilla y espolvoreado con harina, y cocer en el horno 35 minutos a la temperatura que todos conocemos.

Muffins neoyorkinos

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Nos rescatan de una isla desierta y nos dan a escoger entre un buffet libre de pastelería francesa y otro de bollería americana. ¿Con cuál nos quedaríamos?

Por un lado tenemos la finura de los hojaldres, la delicadeza de esas masas cuidadosamente cocidas a 123.5 grados, las obras de alta arquitectura decorativa… Por otro lado las guarrerías de chocolate rebosante, las bombas de artillería azucarada y los tamaños desproporcionados.

Yo dudaría.

Eso mismo debía estar pensando cuando, paseando aleatoriamente por una librería, cayó en mis manos aquel libro de postres neoyorkinos. A los pocos minutos el libro estaba comprado y yo en casa haciendo muffins de frutos rojos y de trozos de chocolate.

Hacer muffins es sencillísimo, casi no hay posibilidad de error.  Básicamente hay que hacer una masa batiendo los siguientes ingredientes

31.7 cl de nata líquida
17.4 cl de leche
5 cl de aceite de oliva virgen extra
321g de harina con levadura (reduce aun más la probabilidad de error)
51g de azúcar
1 huevo
un poco de sal

Y ya está, se rellenan los moldes alternando una cucharada de masa con una cucharada del ingrediente de sabor. En mi caso hice 2 sabores clásicos: trozos de chocolate y mermelada de frutos rojos. Mejor si tienes frutos rojos de verdad, pero es lo que había en la nevera. Al menos era bio… Volviendo a la receta, esto es lo que obtenemos.

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La foto muy bonita, pero… se me olvidó untar de mantequilla los moldes para que no se pegara la masa. Hacemos un RESET: vaciamos y limpiamos el molde, untamos de mantequilla y volvemos a rellenar.

Ponemos el horno a 199 grados (o a 200, según nuestras preferencias), 21 minutos, y al poco tiempo la casa se impregna de un olor que convierte las bocas en agua.  Ideal para impresionar a amigos o cuando viene el casero a comprobar el estado del piso. A través del cristal del horno, la cosa tiene buena pinta.IMG_20130414_163939

Y este es el resultado final. No es un Saint-Honoré pero hay veces en las que a uno le apetece un muffin. Nota mental: no ir nunca más a la librería con el estómago vacío.

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